

District, años atrás…
Sus ojos rodearon la habitación cuando cruzó el umbral, completamente en penumbras se abrió pasó cuidadosamente olisqueando el perfume a rosas recién cortadas que siempre descanso allí, sobre la mesita junto al ventanal que daba al pasivo lago oscuro de esa noche. Suave y penetrante le causó una corriente a lo largo de su espina dorsal, entre temor y anheló, entre recuerdos y pesadillas que nunca acabaron de ocurrir cuando dormía.
Ella volvió a observar con ojos vigilantes, tanteando con sus pasos como si de acolchados cojines de fibra fría le recibieran bajo la planta de sus pies y se clavaran en ellas. Tuvo la gran necesidad de volver sobre sus pasos, espantar la curiosidad y recorrer el extenso pasillo alfombrado de camino a su cuarto sin recordar tal rebelión, de abrazarse asimismo, de bajar la mirada eliminando los tormentosos pensamientos que partía su propia tranquilidad en cientos de fragmentos y sin embargo, cuando la idea se hizo más latente para provocar considerara girarse una voz autoritaria y voraz le dejo sin aire.
Ella abrió los ojos de par en par como si le golpearan el estómago.
—¿No han dicho ya lo mal educado que es invadir un cuarto ajeno? —Le reprendió sin dar su ubicación, envuelta en el manto de la boca de lobo que esas cuatro paredes formaban. Pero aquella nueva mujer podía verle claramente, desfilarle con la mirada desde el borde de su cabeza hasta las puntas blancas de su camiseta de dormir rodeando sus pies. La muchacha era alta y delgada, de cabellera hasta la cintura y lisa, sabía que bajo los rayos de sol un castaño relucía, pero ante la escasa luz que la luna filtraba por los cristales que no se hallaban cubiertos por cortinas que caían desde los bordes de techo, sólo se notaba una mata azabache cayendo sobre su cuerpo. —Tú no eres bienvenida aquí. Y en lo que a mi opinión concierne, nunca lo serás.
—Sólo quiero saber sobre él —Alzo la voz ladeando su rostro, una suplicante exigencia— lo escuché llorar durante unos minutos y creí podría…
—¿Creíste? —Ella soltó una risotada de hiena hambrienta, venenosa. Planchando con la punta de los dedos su falda formal que llegaba sobre las rodillas se puso de pie, y taconeó sobre la base de suelo tal cual un gato lo hace por el tejado acechando a su víctima: coqueta y voraz. —Tú estás lejos de creer y decidir. Has perdido ese derecho cientos de veces, pero alguien entonces estuvo allí para cubrirte los errores y mantener tu fino actuar de niña que todo lo hace por amor. Pero ahora estás sola, condenada y sucumbida a lo que nuestras viejas reglan establecían. —Fue diciendo a medida que se detenía en el pequeño mueble junto a su cama y se inclinó, rebuscando en el interior del cajón el paquete de cigarrillos donde sólo uno le esperaba. Ella se saboreó los labios ya deseando tener el gustillo de la nicotina en su boca.
—No pueden arrebatármelo. ¡Es mi hijo! —Vocifero dando un paso en su dirección, viéndole mucho mejor ahora que sus ojos se habían adecuado a lo fúnebre. La sangre hirvió en sus manos, la desesperación en su tórax. Él era su hijo, ni ella ni nadie podrían ni debería decidir sobre su destino.

Mayo 22, 1985
Seco de sus lágrimas con el sólo roce de uno de sus dedos, aquel acto delicado se permitió siempre que ella –por la razón que fuese- llorase y necesitara de él. Volviéndose una costumbre tan amada con el correr de los meses, un acto tan secreto entre ambos. Pero que tan solo uno de ellos sentía con tal fervor, con tanta pasión. Sin importarle aquel lazo familiar.
—No llores… —susurro— él no merece tu pena.
—Yo tuve la culpa, yo fui quien lo provocó.
Con angustia apretó sus dedos fuertemente sobre su falda, sollozando al clavar sus ojos por encima de la madera donde yacía sentada, caída cuando sus piernas flaquearon no pudiendo dejar atrás el muelle, terminando sobre las tablas humedecidas.
—Simplemente debí obedecerle.
Mascullo con el aire entrecortado, apretando de sus ojos al cerrarlos conjunto a permitir que su rostro forzara ese falso intentó por sonreír. Cabizbaja. Avergonzada por llorar.
—No tienes por qué seguir todo lo que te diga, no eres su esclava ni alguna mujer que cumple sus deseos a cambio de dinero, eres su novia… —un hilo de pesar se pudo percibir cuando expresó aquellas últimas tres palabras— Eres a quien él debería amar, proteger… desvelarse por ti, únicamente por ti…